Romperme en pedazos no será cuestión del azar, ese pequeño cabrón que pone todo patas arriba. Yo elegiré el momento, el momento en el que dejaré de atravesar con alfileres las mariposas que danzaban en mi estómago. Mariposas en peligro de extinción. Ya no siento las cosquillas del roce de sus alas.
Pero por ahora, aquí estoy bien. No daré un salto al vacío. El viento, el vértigo, la velocidad, la irreversibilidad de esa elección involuntaria llamada amor (o locura...), por mi, pueden esperar.
Siempre he pensado que si se pudieran ver los rotos, descosidos y remiendos de nuestro caprichoso músculo cardiaco pareceríamos todos muñecos de trapo. Feos muñecos sin ojos, ni boca, ni orejas. Marionetas zarandeadas por lo inevitable cuyo sino en la vida es zurcirse a si mismas. Yo estoy cansada de coser.
Y ahora es el momento de ser egoísta y caprichosa. Porque, ¿que tiene de malo quererlo todo? ¿Que tienen de malo los deseos sin sentido que normalmente quedan desatendidos? Nos empeñamos en sentir y desear con moralidad sin darnos cuenta de que es una incoherencia. Por ello, ahogaré la razón en alcohol y me divertiré con mi propia estupidez. En mis sabanas la parte pensante de mi cabeza no será bien recibida. Abrazaré con ahinco lo terrenal. Haré todo esto y más, ahora que he decidido que romperme en pedazos no será cuestión del azar.
