Viajamos en grupo, nos dirigimos a un campo de trabajo. Desconozco el método de transporte y en qué consiste el curro. Recuerdo conmigo a estas personas: Ana, Keila, Elena, Sara y Lucía. Llegamos a unas instalaciones inmensas en las que nos recogen unos sillones futurísticos (como los de la feria xD). Todo está repleto de gente de muchos tipos. Mayores, jóvenes, así y asá. Los sillones se mueven automáticamente entre la estructura del edificio aséptico y se detienen en una sala parecida a una enfermería. Allí hay "médicos" que van de una en una rellenando fichas personales y sacándonos sangre. A mi me toca la última. Preguntan mi nombre y apellidos asegurándose de escribirlos bien y hacen especial hincapié en mi estatura. Hacen referencia a mi madre con esto y a mi me parece normal. Tienen unos botes grandes que llenan con nuestra sangre. Nos la sacan del cuello, inconprensiblemente. Siento la aguja fría atravesar mis músculos y cómo va saliendo la sangre a mucha presión. Escucho cómo cae en el tarro. No miro.
En ese momento, me doy cuenta de que todas llevamos un uniforme blanco con una insignia. Está acolchado y recubierto con protectores. Tras el chequeo, nos asignan una habitación que compartiremos.
Ya instaladas, Keila, Elena y yo queremos comprar cerveza y algo para cenar. Nos vamos por ahí a indagar y, efectivamente, encontramos una tienda. Estaba llena de gente. En las estanterías aparte de la cerveza embotellada había jarras enooormes con cerveza tostada y negra "quasi congelada" (babaz). Cojo una de negra para Ana y una de tostada para mi. Ellas también cogen otras. Hacemos las imbéciles y la gente se ríe de nosotras. La cajera nos mira y sonríe. Estamos emocionadas como si estuviésemos de vacaciones.
Volviendo a nuestro habitáculo pierdo a Keila y Elena. Intentando llegar me meto por túneles y escaleras laberínticas que me llevan a otras habitaciones y como no llego a la nuestra voy bebiéndome las jarras. Después de mucho tiempo, entro a una habitación individual, pequeña, donde alguien duerme. Procuro atravesarla sin despertarle para salir por otra puerta y de un salto esa persona, síndrome de Down, se despierta y comienza a gritar. Lo miro sin hacer nada. Cierro su puerta con cuidado y ya estoy en nuestra habitación.
Sara está despierta en una mesa de cocina, desayunando. Me acerco, le doy un beso en la frente. Me dice: - ¿pero dónde te has ido de fiesta? Hueles a alcohol, menuda juerga te has pegado... Son las once...- me dice mirando su reloj de mano. Yo sólo me rio y me pongo a hacer café para todas.
A partir de aquí sólo recuerdo que persiguen a nuestro grupo. No sabemos por qué, pero tenemos muy claro que quieren matarnos. Tras nosotras van los jefes, nuestros superiores y de muy mal rollo. Nosotras, queremos salir de ahí como sea y caminamos sin cesar, escondiéndonos como podemos. Hay como una pequeña ciudad llena de callejuelas y parques. Uno de los hijos de puta que nos persigue es calvo, alto, fuerte y tiene los ojos grises. Vemos un coche, él va dentro buscándonos entre la multitud. Al verlo, cojo a Ana y empiezo a besarla contra la pared por si acaso así no nos veían. Después, las demás nos dicen que nos han visto y echamos a correr con ellas. El hombre calvo baja del coche con una especie de doctora (o así me parecía) y corren para alcanzarnos por un callejón. Al atravesarlo los tenemos encima. Doblamos a la derecha y no hay salida. A la izquierda tampoco. Hay unos bancos. El calvo de mierda coge a Keila y entonces Ana y yo nos echamos encima de él, pegándole. Al final, no sé cómo, el calvo y la doctora están atados e inmovilizados sentados en los bancos.
Elena y Sara quieren saber insistentemente por qué nos perseguían y empiezan a interrogarles. No dicen absolutamente nada. No sé por qué pero yo los quería matar a los dos.
Me pongo agresiva, pero sin tocarlos y en un momento de humillación comienzo a tirarle monedas a la cabeza a la supuesta doctora. Al principio no me di cuenta pero cada moneda mataba un poco de su vida. Había que darle en la cabeza, eso sí; si no, no le hacían nada. Como estaba a una distancia considerable no siempre acertaba.
Keila, sin embargo, se quitaba el cordón de sus zapatillas blancas para asfixiar al calvo. Le fue muy difícil, el tio se resistía y le costó como media hora onírica que dejase de moverse, y por tanto, de respirar.
Yo, a todo esto, pedía ayuda a las demás con las monedas. Entonces todas, como si fuese un juego, acertábamos en la cabeza de la "doctora" una y otra vez, y riendo, la matábamos como al calvo.
ash